Cuando las lluvias superan la capacidad de infiltración del suelo, las aguas fluyen superficialmente buscando salida hacia los lugares más bajos del territorio. El cauce principal de una cuenca hidrográfica es, en último término, la vía de drenaje que tienen las aguas para llegar al mar.
Los cauces de los barrancos son el resultado de un largo proceso erosivo, favorecido por la altitud del edificio insular y sus elevadas pendientes que confiere a la escorrentía un marcado carácter torrencial incrementando la capacidad de movilización y arrastre de materiales. La erosión producida por lluvias intensas afecta al conjunto de la cuenca y el agua, para abrirse paso, busca debilidades en el suelo, derribando muros y arrastrando materiales de las márgenes y laderas.
La vegetación natural y las áreas cultivadas reducen las pérdidas de suelo por erosión, por lo que su conservación resulta fundamental en un territorio como el nuestro. Cuando se producen arrastres importantes, la sedimentación y depósito de materiales en el lecho del cauce provoca efectos negativos sobre la función de drenaje y evacuación del agua, obstruyendo de forma parcial o total la sección original del barranco y otras infraestructuras, como puentes y obras de paso, que encuentren en su camino.